La travesía de Paola comenzó cuando apenas tenía 16 años. Durante una conferencia misionera vio un mapa del mundo marcado con los lugares menos alcanzados. «Me rompió el corazón saber que había gente que nunca escuchó hablar de Jesús ni siquiera una vez en la vida», recuerda. «Yo pensé: Quiero llegar a la gente nunca escuchó hablar de Jesús y poder compartirles las Buenas Nuevas».

Unos años después conoció a Daniel. Como hijo de misioneros él sabía que quería servir a Dios en el extranjero. De hecho, el deseo mutuo los unió.

Se casaron y tuvieron dos hijos. Durante los primeros años como familia, Paola y Daniel prepararon a sus hijos para vivir en el extranjero en un futuro. A menudo les contaban lo que podría significar para su familia servir entre gente que nunca escuchó hablar de Jesús, lejos de Argentina.

En el 2004 se enteraron de una oportunidad para servir en Medio Oriente. «Siempre supimos que queríamos servir a Dios por medio de nuestras profesiones», cuenta Paola.

«Sabíamos que trabajando en el extranjero íbamos a poder ganar dinero para vivir y entonces no representaríamos una carga económica para nuestra iglesia. Pensamos: ¿Por qué tenemos que dejar todo al irnos? Podemos usar nuestras habilidades donde vayamos».

Al año siguiente, la familia se mudó a Medio Oriente. «Tenía mis miedos, tanto cuando todavía estábamos en Argentina, como durante la transición al nuevo país. Al principio nos sentíamos como turistas y nos gustaba todo. A los chicos les pasaba lo mismo. Sin embargo, con el correr del tiempo, empezaron a extrañar a los amigos y a la familia.»

La transición fue difícil al comienzo. Paola se esforzaba por acostumbrarse al nuevo país, idioma, ministerio y a la nueva cultura al mismo tiempo que ayudaba a sus hijos en este proceso. «Ser madre significa tratar de que cada uno se encuentre en un buen lugar a nivel espiritual, físico, mental y emocional. Cuando estás en casa, preparás el hogar para recibirlos y, cuando llegan, los preparás para cuando se vayan».

Ante cualquier problema, Paola y Daniel no oraban solamente por sus hijos, sino también con ellos. En esos momentos Paola veía cómo se fortalecían los lazos de la familia y con Dios. «No queríamos llevarlos a vivir afuera sólo porque ese era nuestro sueño», explica Paola. «Lo más difícil para mi hijo mayor fue dejar a los amigos y la Argentina porque ya era adolescente en ese entonces». Oramos mucho con él y le dijimos: «Dios tiene algo preparado para vos en el extranjero». Nos vamos a ir cuando vos estés listo. No vamos a obligarte a ir. Si Dios quiere que nos vayamos, Él te va a hablar y vas a estar listo».

Tiempo después su hijo mayor le dijo a Paola: «Quiero estar con mis amigos, pero sé que si nos vamos Dios va a tener algo preparado para mí.» Eso les dio paz.

Paola entendió que Dios no solamente estaba mandándolos a ella y a su esposo como misioneros, sino que estaba enviando a la familia completa. Así también lo entendió su iglesia, ayudando no sólo a Paola y Daniel, sino también a sus hijos. Al ser una familia tenían oportunidades en el extranjero que los misioneros sin hijos no tienen.

De hecho, como los chicos iban a la escuela allá, Paola pudo conocer a las madres de sus amigos y esta fue la primera oportunidad que tuvo para compartir el evangelio en su nuevo país.

Novedades

En la actualidad, casi veinte años después, sus dos hijos ya son adultos, están casados y viven en Argentina. Paola y Daniel tienen un nieto que vive al otro lado del mundo. «Es difícil vivir lejos de nuestros hijos», confiesa Paola, «sobre todo por nuestra cultura. Somos muy cercanos.

Si hago un recorrido desde el momento en que recién llegábamos a Medio Oriente hasta el día de hoy, veo la fidelidad de Dios en nuestros hijos, nuestra familia y nuestro ministerio. Nuestros hijos siguen en el camino de Dios, lo cual es una gran bendición, y mis nueras también aman al Señor»

Como resultado de todo esto, sus hijos no tienen miedo de probar cosas nuevas. «Le tenían miedo a eso cuando eran chicos, pero ahora no», comenta Paola. «Tienen la mente abierta como para intentar entender a otra gente y otras culturas. Pero, lo más importante es que se ha transformado la forma en que su corazón ve a la gente y la forma en la que quieren ayudarlos. Ahora también anhelan poder ir a vivir con sus familias al extranjero.»

Paola está feliz por cómo Dios la usó como madre y también como misionera. «De todas las cosas que soñé Dios me dio más de lo que esperaba. He aprendido un montón durante estos años. Me quedo asombrada cuando pienso en cómo era antes y en cómo Dios me ha hecho crecer y ha obrado a través de mí. Mediante nuestra obediencia, Dios nos mostró cómo Él obra».

*Los nombres han sido cambiados por razones de privacidad.

¿Estás orando para poder servirle a Dios como familia en el extranjero? ¡Contactanos para más información! http://om.org/

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